Hace varios años Jorge Albear me contó sobre las columnas de la carretera secreta de Xalapa. Resulté incrédulo y divertido ante el disparate, una carretera de cientos de kilómetros no puede ser secreta; pero mi amigo fue vehemente sobre la existencia de la carretera.
Meses después de aquella conversación cayó en mis manos un ejemplar de La Jornada, en ella un periodista relataba su encuentro con las columnas. Enumeró nueve, cada una con tintes de misterio. En general el artículo contaba una historia similar a la de mi amigo: La ruta empieza en Xalapa y llega a Teziutlan. Las columnas son nueve, de más de un metro de diámetro y seis de altura. La distancia entre ellas promedia poco más de un kilómetro y en la base de cada una se encuentra grabado un número de cinco cifras. La entrada a la carretera es muy difícil de encontrar y su construcción se le atribuye a un gobernador corrupto, desaparecido desde hace décadas.
Aquel artículo desmintió el secretismo del lugar. Aunque insistía en la dificultad para encontrarlas, era obvio que su localización no implicaba un misterio. Casualmente tuve que ir a Xalapa la siguiente semana a entrevistar a un joven escritor. Luego de terminar con el joven me quedé varios días en la ciudad. Deambulé entre bares y esquinas. En varios de esos rincones me contaron que los misteriosos pilares sí acumulan leyendas. Algunos lugareños me aseguraron que si se conjugan y recitan los números de la base correctamente, uno puede escuchar voces de difuntos; otros me dijeron que es la voz del gobernador la que susurra tesoros secretos desde la tumba.
Luego de varios días llegué a la conclusión de que las columnas no existen, ni siquiera creo que exista la carretera. No hay fotos ni vídeos, ni ninguna otra evidencia. Solo los cuentos de unos pocos testigos de segunda mano, todos ancianos y todos con el cerebro entorpecido por el mezcal. Al finalizar cada relato pedí direcciones, pero solo recibí respuestas imprecisas, casi silenciosas en la mayoría de los casos.
Tampoco encontré referencia alguna del gobernador responsable de la construcción. He pasado varias horas en los archivos de la ciudad, leyendo los periódicos de principios del siglo XX, pues tengo la sospecha de que el gobernador es de esa época, y lo único que he encontrado han sido sucesos conocidos o irrelevantes. Tampoco he visto mapa alguno donde esté la carretera misteriosa.
Pasé una semana, buscando y preguntando, hasta que desistí. Me sedujo la existencia del misterio, más que su explicación. Partí alegre e inspirado hacia la Ciudad de México, dispuesto a escribir un relato sobre una carretera secreta, terciada por columnas improbables; pero también renuncié a él.

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