El paisaje de una calle erosionada, donde un mendigo silencioso empuja un coche sin bebé por un planeta desierto, ha surgido simultáneamente como inspiración en la mente y pluma de escritores diversos. Aunque esta imagen es exacta, con frecuencia la composición varía, a veces en lugar de un coche el mendigo carga con una foto amarillenta, otras veces no es un mendigo, sino un señor de buen vestir, y andar derrotado.
Cada nueva generación de escritores, se debate tratando de esquivar este relato contado miles de veces por sus predecesores; pero la historia es abrumadora e imprescindible; por lo que quienes no pueden evitar narrarla se afanan en encontrarle nuevos resquicios y nuevos escenarios. Sin embargo casi siempre falta el final genuino, el héroe (el original, del que se nutren todas las versiones) siempre muere de hambre y no en ninguna de las múltiples aventuras trepidantes a las que los autores azarosos lo someten.
Una diferencia fundamental, entre la realidad arquetípica y la mayoría de las alternativas, es la inexistencia de un grupo de supervivientes esperando por nuestro héroe al final de la historia. El protagonista no tendrá ni siquiera el impulso de esa esperanza. Sabrá, con total certeza, que él es el último hombre. Pese a la insistencia de los narradores en explorar otras rutas, él solo tiene la opción de esperar la muerte con tenacidad, estirando el final de la especie humana un día más, con cada amanecer.

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