Borges concibió un punto donde ocurría la convergencia de todo el planeta; no es imposible que existan otros lugares donde ocurra algo similar. Por ejemplo, en la esquina de México-xochimilco y Tlalpan, en Ciudad de México, hay un puesto de periódicos donde, ocasionalmente, alguien se desaparece. La simetría no es perfecta, pero sí probable.
Hay una aparente analogía con los célebres y abrumadores secuestros de esa ciudad; pero en un secuestro hay trauma, hay desgarramiento, pérdida y tortura. En el caso de dicha esquina, la gente simplemente deja de existir.
El descubrimiento sucedió hace varias semanas; yo iba en un ómnibus, cuando vi a una mujer que pasó por detrás de la caseta de periódicos, y luego no surgió por el otro lado. Pensé en una ilusión causada por el movimiento de los peatones y mi distracción. En ese momento se me ocurrió escribir un relato sobre una esquina de la Ciudad de México, donde la gente deja de existir. Decidí no hacerlo, porque me pareció un cliché bastante repetido; no obstante, durante sucesivos días, seguí fijándome en ese lugar y la ilusión se repitió varias veces.
El lunes pasado me bajé del ómnibus. Un poco de paranoia me mantuvo alejado de la caseta, y un el miedo por una posible recaída en la esquizofrenia me mantuvo escéptico. Me quedé observando, hasta que finalmente sucedió. Una mujer, parecida a la del primer día, pasó por delante de mi, la seguí con la vista, y de pronto ya no estaba. Fue como pestañear, no vi el momento del suceso, la mujer no “desapareció”, no ocurrió nada, simplemente dejó de existir.
Durante los siguientes tres días visité la esquina, estuve todo lo atento que pude, y llegué a la conclusión de que nadie desaparece, excepto la misma mujer, una y otra vez. Es una señora anónima, como de 40 años, de baja estatura, y de aspecto promedio para esta ciudad. No siempre va vestida igual, por eso la confundí con diferentes personas.
Ayer traté de hablar con ella, pero no me respondió, traté de detenerla tocándole un hombro, y siguió de largo, como si yo no estuviera. El contacto con su cuerpo fue extraño, el único adjetivo que se me ocurre es, vacío. Inmediatamente después, ya no estaba. Nunca he visto de donde llega, solo aparece caminando, para perderse de la misma manera.
Hoy también la vi, aunque no me bajé del ómnibus. Una vez más desaparecía detrás del puesto de periódicos, una vez más con una ropa distinta.
No creo que sea un fantasma, sino un accidente en el tiempo, quizás existan varios a lo largo del planeta y el universo, quizás el aleph de Borges era uno de esos accidentes, mucho más elaborado y complejo; también más útil y glamoroso que una mujer de mediana edad, llegando y desapareciendo en una esquina de México.

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